Todavía tengo
abierto en el teléfono el mensaje de mi familia en Maracaibo: sintieron temblar
el piso, vieron desalojar el Palacio de Gobierno del Zulia y el Teatro Baralt,
y salieron a la calle sin entender todavía qué había pasado. Un terremoto de
magnitud 7,4 sacudió el occidente colombiano, con epicentro en San José del
Palmar, Chocó, y la energía llegó hasta Bogotá, Medellín, Cali, el Eje
Cafetero, y también hasta nosotros, en Zulia, y hasta Ecuador y Panamá.
Fue justo ahí,
con ese mensaje todavía abierto en la pantalla, cuando empecé a escribirle a mi
familia en Colombia, donde el temblor había golpeado con toda su fuerza. Las
autoridades colombianas ya hablan de más de cien muertos y cientos de heridos.
No pude abrazar a nadie. Solo pude escribir "¿están bien?" y esperar
los tres puntos suspensivos que indican que alguien, del otro lado, está
respondiendo. Ese tipo de espera también es un terremoto, aunque no aparezca en
ningún sismógrafo, y no distingue de qué lado de una frontera esté quien lo
siente: se siente igual en Maracaibo que en Cali, en Catia La Mar que en Quito,
en cualquier lugar donde alguien quiera a alguien que está lejos.
Hay terremotos
que duran segundos. Otros empiezan justo cuando la tierra deja de moverse. El
del niño que ya no quiere dormir sin la luz encendida. El de la madre que se
sobresalta con cualquier ruido. El de quien mira lo que quedó de su casa y
descubre que también se le derrumbó algo por dentro.
Esto no es la
primera vez que la tierra nos pone a prueba de esta manera en la región. El 24
de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por dos terremotos 7,2 y 7,5 de
magnitud, separados por apenas segundos. Días después, UNICEF estimó que 1,8
millones de personas, entre ellas 680.000 niños, necesitaban asistencia
humanitaria. Viendo las imágenes de Colombia, reconocí el mismo gesto que ya
había visto en Venezuela: la calle llena de gente que salió con lo puesto, los
vecinos ayudando antes de que llegara cualquier institución, y detrás de cada
video, una pregunta que ninguna cifra alcanza a responder.
Entre las cifras
de Venezuela también aparecieron historias como la de Gabriela, de 16 años, que
cuando empezó el temblor de junio tenía en brazos a su sobrino de apenas un
mes. Ahora vive con su familia en un refugio temporal en Catia La Mar y
participa en uno de los Espacios Amigables que UNICEF instaló allí para que
niños y adolescentes puedan compartir lo vivido y procesar lo que sienten. Ella
misma lo dice con una sencillez que dice más que cualquier informe: a los
adolescentes les cuesta expresar lo que sienten, y estos espacios ayudan.
Ese gesto, poder
nombrar lo que ocurre por dentro, es, en esencia, la primera montaña del Método
Tremont: Reconocer, que no es hundirse en el miedo. Es poder decir: tengo
miedo. No es quedarse atrapado en la tristeza. Es poder admitir: esto me dolió.
Antes de pedirle a alguien que sea fuerte, quizá deberíamos permitirle,
primero, ser humano.
Fernando
González Rey, desde su Teoría de la Subjetividad, ayuda a entender por qué un
mismo hecho no produce la misma experiencia en todos. Para él, lo que sentimos
no es un registro neutro de lo que pasó, sino algo que cada persona construye
de manera singular, entretejiendo su historia, su cultura y su momento vital
con lo que le está ocurriendo. Por eso no existe un único terremoto emocional.
Hay tantos como personas lo vivieron, ya sea en Catia La Mar o en el Chocó.
En Catia La Mar,
el Gran Mercado Comunitario, unos 700 puestos, se incendió durante los sismos
de junio. Ahí, Aracelis administraba junto a su hermano Ramón un puesto de
carne que también se perdió. Catorce de sus vecinos murieron; a otros 24 los
equipos de búsqueda todavía los buscaban semanas después. Y sin embargo, desde
los terremotos, Aracelis ha ayudado a organizar apoyo para más de 560 familias
en cuatro sectores de su comunidad. "Nunca me designé para este
papel", ha dicho. "La gente comenzó a acercarse con preguntas sobre
qué hacer. Poco a poco empecé a organizar las cosas porque conozco esta
comunidad y a mis vecinos."
Esto permite
pensar en la segunda montaña: Resignificar, que no significa decir que una
tragedia fue buena. Un puesto de mercado perdido sigue siendo un puesto
perdido. Un vecino que ya no está jamás necesita convertirse artificialmente en
una "lección". Significa otra cosa: procurar que lo sucedido no tenga
la última palabra sobre lo que todavía podemos llegar a ser. A veces, en medio
del propio dolor, alguien empieza por ayudar a otro. Y sin borrar los escombros,
cambia el lugar desde donde los mira.
UNICEF instaló
en La Guaira varios Espacios Amigables para la Infancia, en el Complejo
Deportivo José María Vargas, el estadio César Nieves y Playa Grande, donde
cientos de niños y adolescentes vuelven a jugar, a compartir, a recibir apoyo
psicosocial. Recuperar esos espacios de encuentro, sostiene la organización,
ayuda a que los más pequeños se reencuentren con sus compañeros y con una
sensación, así sea pequeña, así sea provisional, de seguridad y normalidad.
Lo anterior lo
podemos enmarcar en la tercera montaña: Proyectar, porque después de perder
tanto, el futuro tal vez no empiece preguntando "¿qué harás dentro de
cinco años?". Puede empezar con algo mucho más modesto: ¿qué haremos
mañana? Volver a jugar. Volver a estudiar. Volver a sentarse juntos. Volver a
decidir. Mientras Colombia cuenta apenas sus daños, esa misma pregunta ya está
naciendo en Chocó, en Pereira, en Cali, aunque todavía nadie tenga ánimo de
responderla en voz alta.
Desde la
Pedagogía del Conflicto Emocional, que desarrollamos junto a la Dra. Nelly
Hodelín Amable, hemos trabajado precisamente esa posibilidad educativa del
conflicto: no negarlo, no apurarlo, sino atravesarlo con método. La propuesta y
el Método Tremont tienen antecedentes públicos desde 2020 que este mismo
diario, Versión Final, los dio a conocer. Investigaciones educativas recientes
han comenzado a incorporarlos en estrategias de desarrollo socioemocional en el
aula.
Eso no significa
afirmar que el método sea un tratamiento clínico para víctimas de terremotos.
No lo es. Su contribución está en el terreno pedagógico, preventivo y
comunitario, complementario a la atención profesional cuando esta resulta
necesaria.
Tal vez por eso,
mientras Venezuela reconstruye viviendas, escuelas y hospitales, y mientras
Colombia empieza también a contar lo que perdió, deberíamos empezar a imaginar
también espacios para reconstruir vínculos, confianza y proyectos de vida.
Entre esas ideas empieza a tomar forma La Granja Ecosocioeducativa Las Tres
Montañas, concebida como un lugar donde naturaleza, familia, comunidad y
educación emocional puedan encontrarse, no solo para un país, sino para una
región que parece condenada a aprender esta lección más de una vez por
generación.
Porque después
de un terremoto contamos edificios derrumbados, contamos heridos, contamos
viviendas, pero hay una pregunta que ninguna estadística responde: ¿quién
cuenta a las personas que quedaron de pie, pero todavía llevan escombros por
dentro?
Reconstruir un
país, o dos, o los que hagan falta, tal vez no consista solamente en volver a
levantar lo que cayó. Quizá consista también en aprender, como comunidad, a
Reconocer lo vivido, Resignificar lo que todavía duele, y volver a Proyectar la
vida.
Porque la
verdadera medida de una sociedad después de una tragedia no está únicamente en
cuánto cemento fue capaz de colocar. Está en cómo sostuvo a su gente mientras
volvía a levantarse. Todavía esperando noticias de los que tengo del otro lado
de esa frontera, quiero creer que esa es una lección que ya empezamos a
aprender.